Tiroteo

St. Thomas, en la provincia canadiense de Ontario, es una apacible comunidad ubicada cerca del camino que parte del Lago Erie.
Pero un día, en la primavera de 1934, las pistolas retumbaron y los cuerpos cayeron como en un tiroteo en el Salvaje
Oeste.

Todo comenzó de la manera más inocente. Fred Mac Temple, de 21 años, era buscado por robar una bicicleta.
El jefe de la policía, Colin McGregor, y el sargento Sam McKeown fueron comisionados para ir en procura del joven con la finalidad de interrogarlo. Por casualidad, el detective
Bert McCully, de la policía de Michigan, se encontraba en la estación de policía de St. Thomas. Se ofreció a llevar a los oficiales al 13 de la calle Queen, donde residían los MacTemple.

La calle se encontraba en la parte más accidentada del pueblo, y los MacTemple tenían fama de ser huraños. Los oficiales decidieron tomar las precauciones del caso. Le pidieron a McCully que cubriera la puerta trasera mientras ellos se acercaban a la casa prácticamente en ruinas. Tocaron la puerta del frente.

Respondió un jovencito. Cuando los oficiales pidieron hablar con Fred MacTemple, el chico se atemorizó tanto que sólo pudo señalar hacia la parte trasera de la casa.

Los dos policías entraron. Una puerta se abrió, y allí estaba Fred MacTemple, armado con una pistola automática calibre 45 azul oscuro de aspecto siniestro,
arma de reglamento del ejército de Estados Unidos.

“¡Manos arriba!”, gritó el joven. Ninguno de los agentes esperaba tal reacción. Habían pensado que su sospechoso podía intentar huir por detrás en el peor de los casos. Ahora miraban fijamente a un joven nervioso que blandía un arma peligrosa. McKeown trató de salir del atolladero hablando con el joven. “Espera un momento”, dijo. “Tenemos una orden de arresto contra Fred MacTemple por robar una bicicleta. ¿Por qué el arma?”. El espigado joven replicó: “Ningún policía me capturará”. McKeown continuó: “La cosa no es tan grave”. Lo interrumpieron. “Cierra el pico”,
le gritaron.

Desde una puerta que comunicaba con la cocina salió Frank MacTemple, de 55 años, con un revólver en cada mano. Uno era un aterrador Luger alemán, mientras que el otro era blanco, un Ivor-Johnson calibre 38. El hombre tomó el control de la situación y gritó: “Cierra la boca, y ustedes dos pongan sus armas sobre la mesa. ¡Nada de trucos!”.

McKeown no podía creer que estuviera enfrentando tres armas en total, todo por una bicicleta robada. Una vez más, trató de salir de la insólita situación en la que se encontraba usando las palabras. “Usted es Frank MacTemple, supongo. Su hijo es buscado por el robo de una bicicleta. No es una acusación grave”. MacTemple no aceptaba nada. Hundió una pistola contra las costillas de McKeown y le ordenó: “Cierra la boca y pon tu arma sobre la mesa. Ningún maldito policía nos arrestará”.

Fred tomó el arma del jefe McGregor. McKeown no respondió a las órdenes que le acababan de dar. McGregor le advirtió: “Cuidado, Sam, el percutor de la Luger está listo para disparar”. Por tercera vez, Frank exclamó: “Pon el arma sobre la mesa o te daré lo tuyo”.

Justo en ese momento McKeown saltó sobre Fred. Frank comenzó a maldecir y disparar. McGregor recibió un tiro directamente en el estómago y cayó al piso. McKeown, en una desesperada lucha con Fred, fue herido en la muñeca. Hizo una mueca de dolor mientras sentía que la mano se le entumecía. Frank continuó disparando. Un proyectil penetró el cuello de Fred y lo arrojó al suelo. MacTemple falló al dispararle a McKeown y le dio a su propio hijo. Frank, sin dejar de disparar, se escapó por una puerta lateral. El detective McCully entró corriendo a la casa, pero era demasiado tarde para aprehender al hombre enloquecido. McKeown logró hacer un disparo, pero falló.

En el piso de arriba, la Sra. MacTemple y su hijo menor escucharon la balacera. Cuando terminó, se aventuró escaleras abajo y vio a su hijo Fred sobre el piso de la cocina con una bala en el cuello.

Los dos oficiales heridos y Fred fueron transportados de emergencia en ambulancia al hospital. Un día después del tiroteo, Colin McGregor murió a consecuencia de sus heridas. Fred luchó entre la vida y la muerte durante varias horas y, gradualmente, se recuperó. A McKeown le vendaron la mano y le dieron de alta del hospital.

Apenas Fred estuvo en condiciones de hablar, la policía lo interrogó. Querían saber qué había motivado el tiroteo. Explicó que el motivo fue resentimiento, no contra McGregor, sino contra la policía en general.

Evidentemente, la amenaza de ir al reformatorio por el robo de la bicicleta y de que MacTemple fuera a la cárcel por otros hurtos menores había provocado que padre e hijo huyeran de la zona. Regresaron sólo después de haber comprado armas en Erie, Pennsylvania, tras jurar que la policía nunca los capturaría. Fred explicó:
“La policía había destruido nuestro hogar
y separado a nuestra familia, y ahora impedía
que papá y yo volviéramos a casa”.

Después de comprar las armas, los MacTemple decidieron arriesgarse a regresar a St. Thomas. Ahora Frank era el objeto de la persecución. Se organizó rápidamente una de las cacerías de prófugos más extensas en esa parte de Ontario. Fue visto en varios lugares, pero la presa siempre lograba eludir a sus cazadores.

El 9 de mayo, dos días después del tiroteo, un joven de 16 años, Clifford Anderson, ayudante en una granja, estaba trabajando con el heno en el establo. Se escuchó un grito y salió un hombre viejo y sucio vestido con harapos. El hombre le imploró a Clifford que no le dijera a su jefe, Malcolm McNeil, que él se ocultaba en el granero. Clifford, quien sospechaba que estaba hablando con el hombre más buscado en la provincia, estaba aterrado. Se sintió aliviado cuando MacTemple le dejó irse del establo.

Dos horas después, Clifford le dijo a la familia McNeil sobre el extraño. McNeil llamó a la policía de inmediato. MacTemple abandonó el establo y permaneció en los bosques vecinos hasta que cayó la noche. Luego se dirigió a West Lorne, donde tenía a un amigo, Dick Carnegie, de 58 años, quien atendía una tienda de antigüedades.

La policía pensó que el perseguido podría buscar refugio en la diminuta vivienda de dos habitaciones de su amigo. Decidieron rodear la casa de Carnegie, aunque se mantendrían ocultos.

Le dijeron a Carnegie que esperara a MacTemple. Éste aceptó cooperar con la policía y hacer cualquier cosa que pudiera para que atraparan al presunto asesino. Alrededor de las 11:30 pm de esa misma noche, MacTemple se presentó en la puerta de Carnegie. Dijo que había estado cazando ardillas y que se había disparado accidentalmente en la mano. Mostró a Carnegie la leve herida en su mano, que recibió en el tiroteo dos días antes. El amigo lavó y, luego, vendó cuidadosamente la herida.

Cerca de una hora después de entrar en la casa, MacTemple dio un salto. Creyó haber escuchado un ruido fuera de la casa. Antes de que hiciera cualquier otra cosa, Carnegie exclamó: “No debe ser nada. Pero igual saldré a ver”.

Luego de eso, salió de prisa por la puerta. Lo recibieron los oficiales de policía, quienes estaban rodeando la casa. Carnegie les confirmó: “Lo tengo adentro, ¿qué hago con él? Si por esa puerta entra cualquiera que no sea yo, disparará. Tiene una pistola, y está listo para usarla”. El valiente hombre continuó: “Supongo que debo agarrarlo para que no pueda usar el arma mientras ustedes entran”.

Carnegie volvió a entrar en la casa y le ofreció a su huésped un cigarrillo. Después de que aceptó el cigarrillo, Carnegie se arrojó sobre el desconcertado MacTemple. Gritó pidiendo ayuda, y en cuestión de segundos todo había acabado. Carnegie estaba tan exhausto y agitado que se desmayó en el piso.

El 26 de marzo de 1935, Frank y Fred MacTemple fueron enjuiciados por el asesinato del jefe de policía McGregor. Ambos fueron encontrados culpables y sentenciados a muerte.

Hubo mucho alboroto para que le salvaran la vida a Fred, dado que él no había accionado el arma homicida. Sin embargo, todas las apelaciones fracasaron.

El 27 de junio de 1935, padre e hijo fueron ahorcados en el patio de la cárcel
de St. Thomas.

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3 Respuestas a “Tiroteo

  1. AGUITA DE LA PERDIZ

    YA MEN ALA BARBARA PA Q AGA UN HELAO
    JAJAJA Y LA OLGA Q PEGE
    SECO PETEKO

  2. akso era de oro la bici ????????

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