El maestro de la Falsificación

Charles Becker fue el falsificador más exitoso que alguna vez pasó un billete de diez dólares falso.
Charlie, quien aprendió su oficio como grabador en su ciudad natal de Wurttemberg, Alemania, era un buen  muchacho.
Los Becker eran pobres y Charlie se vio obligado a dejar la escuela para ayudar a mantener a su familia.
Dado que tenía un talento natural para el dibujo, se convirtió en aprendiz de grabador a los 12 años.

Ocho años después, en 1866, Charlie, entonces de 20 años, era todo un maestro
del grabado y sintió que Wurttemberg le quedaba pequeña. Cuando sus padres murieron, ya no tenía motivos para quedarse en el pueblo. Tomó un empleo como fogonero en un buque de carga que se dirigía a Nueva York. Se había propuesto
no tener la vida de un pobre, como la de su padre. Decidió que la forma más fácil
de abrirse camino era la que implicaba convertirse en criminal. Y lo fue. Pero uno muy extraño, en muchos sentidos. Adoraba la ópera, le obsesionaban los museos de arte y se deleitaba con los vinos exquisitos. Su actitud frente al crimen se asemejaba, en gran medida, a la de un artista ante su profesión. Primero venía el proceso de aprendizaje. Charlie trabó amistad con un viejo ladrón de casas y se convirtió en su centinela. Durante tres años ejerció este oficio nada honroso, pero en el fondo de su corazón sabía que el verdadero camino al dinero consistía en fabricarlo.

Para comenzar, tenía ventaja sobre los que en ese momento trataban de pasar billetes falsos. Después de todo, él era un maestro del grabado. También tenía la paciencia del oficio. Charlie inspeccionó el extraño papel de los billetes que hacían circular otros falsificadores. Le pareció que era un material digno de aficionados. El papel era de baja calidad y la tinta tendía a desvanecerse. Era imperativo que aprendiera más sobre papel y tinta. Con este propósito en mente, consiguió trabajo en el laboratorio de una compañía de productos químicos. Poco a poco fue robando pequeñas cantidades de materiales del laboratorio y estableció su propia operación en un cuarto alquilado. Allí, noche tras noche, realizaba experimentos con tinta sobre papel. Se le ocurrió una idea, la cual era ingeniosa en su concepción y brillante en su ejecución. Decoloraría billetes de un dólar y los usaría como fuente de papel.

Una vez resuelto el problema del papel, nuestro muchacho grabó una copia de un billete de 10 dólares. Fue entonces cuando compró una pequeña imprenta y entró en el negocio. Pasó más de un año antes de que quedara satisfecho con su producto. A fin de verificar la autenticidad del billete, Charlie se dirigió a un banco y le explicó a un cajero que creía que le habían metido un billete falso de 10 dólares. El cajero lo examinó cuidadosamente y le aseguró que era auténtico. Finalmente, el maestro del grabado estaba listo para distribuir su singular producto.

Cada semana, Charlie producía unos pocos billetes de 10 dólares por noche en su cuarto alquilado. Los llevaba a distintos bancos y los cambiaba por diez billetes de un dólar. Al igual que cualquier proyecto empresarial que valga la pena, en la actividad de falsificación hay mucha competencia. Los rivales de Charlie se enteraron de que un recién llegado, que trabajaba en una planta química, producía billetes de 10 dólares tan buenos como los que emitía el Tío Sam. Cuando Charlie se dio cuenta de que cualquiera de muchos personajes del bajo mundo podía denunciarlo a las autoridades, decidió que tener cómplices no era una idea tan mala. Si deseaba expandirse, necesitaba tener una red de distribución.

Charlie reclutó a Joe Elliott, un “aristócrata” que no se podía resistir a la emoción de una vida dedicada al crimen. Joe asistía a todas las grandes fiestas de la alta sociedad en Nueva York y sus alrededores. Cautivaba a las damas, conversaba
con los caballeros y les robaba sus joyas y billeteras.

El siguiente hombre al que le pidieron que se uniera al consorcio fue Joe Chapman. Joe había trabajado en un
banco de Chicago, donde había desarrollado el inaceptable hábito de llevarse muestras a casa. Fue obligado a tomarse unas vacaciones en la penitenciaría de Joliet durante varios meses, pero se moría por entrar en acción.

El tercer hombre fue un caballero de mediana edad y gestos delicados llamado Carlo Siscovitch. Charlie les explicó a los tres que iniciarían operaciones en Europa. Una vez allí,
entrarían en el negocio de corretaje de bolsa, actividad que les permitiría distribuir dinero falso.

Para financiar la operación, primero robarían un banco de Baltimore que Charlie ya había inspeccionado. La bóveda del banco no era más que una habitación reforzada, cuya parte trasera daba a una tienda vacía. Charlie fue muy claro respecto de dos reglas. Primero, no habría división del botín. Sus tres asistentes recibirían 1.000 dólares mensuales cada uno, trabajaran o no. Segundo, él era el jefe.

Siscovitch viajó a Baltimore y alquiló la tienda vacía que estaba detrás del banco. Diez días después, la banda ocupó el local. Luego, durante un tranquilo fin de semana, los muchachos cavaron un hueco en la pared de ladrillos y sustrajeron 415.000 dólares.

Los miembros viajaron, cada quien por su lado, a Europa. Charlie estableció una casa de corretaje en Londres. Contrató a empleados y comenzó a hacer negocios legítimos con bonos y acciones. En las noches, Charlie producía billetes de cinco libras a partir de billetes de una libra. Le tomó nueve meses elaborar muestras que pasaran su inspección. Chapman y Siscovitch abrieron una segunda compañía de corretaje, Williamson and Larkin Ltd. La estafa era sencilla. Charlie compraba acciones y bonos legítimos con dinero falso. Williamson and Larkin vendía las acciones y los bonos por dinero auténtico. El dinero llovía tan rápidamente que a Charlie le costaba producir suficiente dinero falso para mantener la estafa en marcha. A veces trabajaba toda la noche. Resolvió la falta de material pasando a billetes de 100 y 500 libras. El botín entraba a un ritmo de 500.000 libras al año. No estaba nada mal para un hombre de 30 años en 1876.

En su quinto año en el negocio, Charlie se expandió. Abrió oficinas de corretaje en París, Roma y Berlín. Para poder satisfacer la demanda, también comenzó a falsificar valores. Pero todas las cosas buenas se terminan. La organización de Charlie estaba produciendo tanto dinero falso que el gobierno francés notó discrepancias en sus cuentas fiscales. Pidieron a la Sûreté que investigara. Esa organización descubrió que había más valores de ciertas emisiones en el mercado de las que se habían imprimido. Cuando la noticia se hizo pública, los precios de los valores cayeron
en París. La noticia se propagó a Alemania, Italia e Inglaterra. Era tiempo de desaparecer.

Al regresar a Nueva York con Joe Elliott, Charlie tenía la jugosa suma de dos millones y medio de dólares. A los 40 años de edad buscó un negocio legítimo: una taberna
en Brooklyn. El lugar tuvo un gran éxito. Pero ansiaba las emociones del pasado. Finalmente, regresó al negocio de corretaje de acciones en San Francisco, donde colocaba billetes de diez dólares perfectos. Por motivos que sólo él conocía, un día alteró un cheque, aumentándolo de menos de 100 a 20.000 dólares. Charlie fue rápidamente arrestado por esa modificación. Fue encarcelado en la prisión de San Quentin. En 1903, a los 57 años, recibió libertad bajo palabra y desapareció de la vista del público para siempre.

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11 Respuestas a “El maestro de la Falsificación

  1. Un saludo Lex por donde andas , no te veo el pelo ultimamente por torrenton.
    Hasta pronto

  2. me parecio una muy buena historia y me gusto mucho por que la vi en estampas hoy domingo 13 de julio de 2008 tambien yo quisiera ser como el

  3. bonita historia amigos yo quisiera ser asi pero lamentablemente no se puede saludos.

  4. la verdad me gusto mucho y quisiera tener
    contacto con el porque tengo muchos problemas
    economicos y lo haria asta cancelar mis deuda
    y poner un negocio de ropas

  5. Bueno al menos no mataba a nadie , tenia un don q era el de grabar con facilidad y bueno lo uso bien usado no me parece tan criminal yo usaria ese don nsin mucha avaricia es decir produciria poquitos billetes eso si cero complices.

  6. Ese man fue un artista.

  7. buga me gustaria saber de los pariente para conseguir colores siempre estamos para recibir y ver.

  8. Que buena historia de la vida real…Felicitaciones

  9. q historia mas calidad, si yo pudiera, lo haria como él

  10. sinceramente yo hago billetes de 1 dolar en mi computadora y me salen muy reales, el problema es que todo el tiempo no puedo usar billetes de 1 dolar
    ojala yo fuera o llege a ser como el

  11. donde esta este tio para que me falcifique 1000000 de dolares,

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