No contaba con el agua!

aguaNo contaba con el agua El gran peso de las evidencias lo llevó a la horca.

Fred Small llevó a un nutrido grupo de mujeres al altar, pero veamos cómo lo hizo. Primero fue Nettie Davis, quien murió al dar a luz apenas un año después de contraer matrimonio con Fred. Nuestro galán luego se casó con Laura Patterson; ella no se adaptó a su temperamento, prefería los generosos encantos y el dinero de Arthur Soden, presidente de los Bravos de Boston.

Laura y Arthur se volvieron inseparables. Abochornado y herido, Fred presentó una demanda por medio millón de dólares.
Los daños y perjuicios se redujeron a 10.000 dólares, que Arthur entregó a Fred a cambio de la libertad de Laura. Tres años más tarde, después de un tempestuoso noviazgo de 10 días, Florence Curry, una vivaz mujer de 32 años, se convirtió en la tercera Sra. Small. Fred, de 44 años, y Florence se mudaron a una casa de campo a orillas
de un lago en Mountainview, estado de New Hampshire. El hombre podía trabajar en su taller todo lo que quería y aun lograba administrar su cartera de acciones y bonos gracias a que podía tomar el tren a Boston. Era el mejor de los mundos. El escenario para este idílico estilo de vida a orillas del Lago Ossipee poseía una belleza rústica.

En 1914, Fred aseguró la pintoresca cabaña por 3.000 dólares. También aseguró tanto su vida como la vida de Florence por 20.000 dólares. Naturalmente, él era el beneficiario si algo desafortunado le ocurría a su esposa. En el caso de la muerte de Fred, ella recibiría el dinero.

Edwin Connor había vendido a Fred todas sus pólizas de seguro. Edwin, maestro de profesión, aunque vendedor de seguros por vocación, era su mejor amigo; de hecho, ambos hombres habían planeado tomar el tren a Boston en octubre, fecha en la cual Fred había prometido conseguir algunos lucrativos negocios con seguros para Edwin.

El 28 de septiembre los Small eran los únicos habitantes del lago; todos los demás residentes habían cerrado sus casas debido al fin de la temporada veraniega. Cerca de las 8:00 am, Fred llamó a Edwin por teléfono y le dijo que ése era el día en que habían pensado viajar a Boston. “Espera sólo un minuto”, exclamó Edwin. Había una falta de comunicación entre ellos. El viaje estaba previsto para octubre. Error o no, Fred le dijo a su amigo que partiría en el tren de las 4:07 pm. Mencionó que la escuela ya estaría cerrada y que Edwin debería poder llegar a tiempo. Este respondió que le devolvería la llamada alrededor de la 1:00 pm, si podía arreglar todo para partir con tan poca anticipación.

Esa misma mañana, Fred había hecho un pedido a la tienda de comestibles, el cual fue entregado por Charlie Sceggel en su carreta tirada por un caballo. Además de los comestibles, había unos 20 litros de kerosén. Charlie conversó un momento con Fred cuando entregó el pedido a las 11:00 am. Edwin llamó a Fred a la 1:00 pm, pero aún no creía que pudiese arreglar todo para hacer el viaje; si lo lograba, se encontraría con Fred en la estación.

A las 2:00 pm, Fred llamó al señor Kennett en el Mountainview Hotel para que pasara a recogerlo con su caballo y su coche a tiempo para tomar el tren de las 4:07. Kennett llegó una hora antes y se sorprendió un poco al ver a Fred esperándolo frente a la casa y lo ayudó a subir el equipaje al coche. En el último minuto, Fred abrió la puerta trasera de la cabaña, metió la cabeza y gritó: “Adiós”. Kennett diría más tarde que no escuchó ninguna respuesta a la despedida de Fred, pero él se encontraba en el coche a cierta distancia.

En el pueblo, Fred vio a Edwin y logró convencerlo de ir con él a Boston. Edwin corrió a su casa, se cambió de ropa, empacó sus maletas y llegó a la estación a tiempo para tomar el tren de las 4:07 a Boston. Los hombres siempre serán como niños, especialmente en Beantown. Fred y Edwin se divirtieron un poco; se hospedaron en el Young’s Hotel, cenaron bien, además de beber algunos tragos de whisky de centeno, y se dirigieron a ver una obra. En el camino vieron algunas postales. La que Fred le compró a Florence rezaba: “Hace buen tiempo en el Young’s”. Tenía su firma y estaba fechada el 28 de septiembre de 1916, 8:40 pm.

Ahora bien, amigos, si están prestando atención, y estoy completamente seguro de que lo están haciendo, habrán advertido que Fred ya tenía un testigo que lo escuchó despidiéndose de su esposa y otro que podía jurar que estuvieron juntos en Boston a las 8:40 pm. Incluso tenía una postal, con su respectiva estampilla del gobierno de EEUU, que probaba que estuvo en Boston.

Cuando Edwin y Fred regresaron al hotel le informaron que desde Mountainview habían tratado de comunicarse con él toda la noche. Fred llamó y le dijeron que su casa se había incendiado y que no había rastro de su esposa; quedó hecho pedazos. Se lamentó: “Estoy completamente solo en el mundo”. Lloró. Edwin lo consoló y se encargó de todo. Alquiló un vehículo e hizo la maleta de su amigo. A la 1:00 am, ya estaban camino de Mountainview.

Por fortuna, Fred había tenido la previsión de comprar una botella de whisky al llegar a Boston. La bebida resultó muy oportuna. Mientras viajaban en plena noche, Fred teorizó entre sorbos que su esposa debió haberse dormido frente a la chimenea. Pese a su inquietud por su esposa, Fred se detuvo en el Mountainview Hotel para desayunar antes de inspeccionar las ruinas humeantes de su casa. Cuando llegó
al lago, no se quedó mucho tiempo; estaba más preocupado por arreglar los asuntos del seguro.

El sheriff y un médico recuperaron el cuerpo,  que carecía de brazos y piernas. Lo que quedaba de Florence se encontraba bajo 30 centímetros de agua en el sótano.
Una cuerda estaba atada alrededor de su cuello, y tenía una perforación de bala en el cráneo, el cual presentaba además
otras ocho heridas, aparentemente causadas con una barra de hierro. Fred apenas tuvo tiempo de comprar un bouquet de rosas y una tarjeta antes de ser arrestado
y acusado de asesinato.

¿En qué se había equivocado Fred? Fue la fulana agua en el sótano. El cadáver de Florence había caído a través de dos pisos de madera quemados hasta el piso cubierto de agua del sótano, la cual protegió el tronco y la cabeza del intenso calor. Cuando fue detenido, informó a la policía que su esposa estaba viva cuando partió hacia Boston. Fred recordaba haberle dado un beso de despedida a Florence, así como haber escuchado el grito de ésta: “No te olvides del encaje”. Pero Kennett no había escuchado ninguna respuesta.

A finales de año, Fred fue enjuiciado. Los fiscales presentaron como evidencia las pólizas de seguro que había comprado. Había más: la cuerda que estaba alrededor del cuello de la víctima fue rastreada hasta el bote a motor de Fred. La bala extraída de la cabeza de la mujer muerta había sido disparada con la pistola automática Colt calibre 32 de su esposo. Un atizador hallado en el lugar muy bien había podido ser el arma usada para propinar ocho heridas al cráneo de la mujer.
La fiscalía dejó lo peor para el final. Los médicos testificaron que toda la casa había sido empapada de gasolina y kerosén. Además, los investigadores encontraron termita, una sustancia que utilizan los soldadores y que es capaz de producir un tremendo calor. Los médicos declararon que esto explicaba la combustión completa de los brazos y las piernas. En medio de las ruinas, también se había encontrado un despertador; los fiscales teorizaron que Fred lo había usado para desatar el incendio mientras él creaba su coartada en Boston. No había nada que alegar. Fred fue encontrado culpable. El 15 de enero de 1918 lo ahorcaron por el asesinato de su esposa.

Cortesia Estampas

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